a Zygmunt Bauman
Parafraseando al poeta chileno
(de quien luego diré el nombre):
“Oye, muchacho, ¡tendrás que ser fuerte!”
pero en este caso no dirigido al hijo
sino al padre, al mío, para decirle
(con el tono grave de lo que se confiesa
sin querer con esto invocar léxicos litúrgicos
aunque con la misma solemnidad de lo que emana
del alma y que se dice pocas, muy pocas veces
quizás tres, quizás cuatro
muchas menos que los éxitos de casino —en mi caso—
o que las conquistas románticas iniciadas por mujeres
—también en mi caso—):
—Hoy no voy a poder verlos
Siendo que hoy están acá
lejos de allá, en mi exilio cosmocrático
aquel que eligiese ¡20 años atrás!
obra y gracia (sin querer invocar con esto
léxicos litúrgicos de ninguna índole)
de la guerra por el espacio
desatada luego de que, sobre el patrimonio
de unos veinte millones de cadáveres
impusieran, los países centrales
con ventaja inusitada (jamás vista en esas proporciones)
para dividirse el globo (más bien que terráqueo)
en Bretton (y no en Tehuelche, esta tirada del universo) Woods
allá por 1944
Opera en ello, padre, y transmitíle por favor a madre
—que haga el esfuerzo de contener sus impulsos
de útero ya adentrado en menopausia—
los distintos motivos de mi, seguramente aunque no lo espere
incomprendida decisión:
el efecto global del metamédium
iniciado al desplome de la postindustrialización
ya esbozado más arriba
y el acorralamiento vocacional, su producto consecuente
aunque más directamente relacionado
con el espacio resbaladizo
el espacio espinoso
el espacio aprensivo
y la capacidad de olvidar y lo barato
También ayuda, pero de esto no aborrezco
el trato equivalente que dio de mí mi hermana
durante veintidós meses en los cuales lo tuve presente
unos trescientos treinta días
y que coronara anoche (en sus palabras digitales de sms) con:
“Si estás en mi casa otra vez
no intervengas en mis cosas
no m (rápido y barato) hace gracia”
(Siendo que me legitiman
los latinos y la MGM: “Ars gratia artis”, y un frondoso
curriculum vitæ que no registra que empecé a trabajar
de esto en salita rosa, a la temprana edad de cuatro o cinco años
todavía intento precisar si como recurso para con tu ausencia
—resuelta, padre, si lo sabrás, por el Poder Ejecutivo Nacional, de facto—
emulándote como quien hace un último esfuerzo por revivir
a un muerto —¡haciendo gala de una intuición extraterrestre!—
frente a un público la mar de heterogéneo, sentado sobre
una lata de Vitina, provisto —y dotado— de la fábula clásica
“Miseria” (anónima si las hay)
y continúa:
“Si nos cruzamos (como el entretejido digital acostumbra)
quiero paz —¡Paz, perdoná a los que te invocan!—
con los viejos y gui (su eterno muñeco, bautizado rápido y barato)”
para coronar:
“No espero respuesta”
como no la esperan los espacios resbaladizos, espinosos
y aprensivos
pero más que nada todavía, como no me la diesen
todos estos últimos quizás tres ¿quizás cuatro? años
unos veintipico destinatarios —algunos ignotos, otros conocidos
y en su faceta más dolorosa, amigos—
y firma:
Camila
aquel nombre de mi hermana de leches calientes y pulóveres de plush
(¿con qué mínima diferencia habremos saboreado por primera vez una naranja?
¿con qué ínfima distorsión guardaremos en la memoria su sabor dulce o ácido?)
que la predestinara original
cosa que aun, más allá de su colosal —puede que desmedido—
esfuerzo, está por verse: a veces sospecho que una vez erigida
en sustentable, y a pesar de la ideología que profese
se ha constituido funcionaria estatal contenedora de hordas
a costa de dolores de espalda
y puede que de su sexo
y hasta aun de su talento
Yo, el derrotado virtual
del ciberespacio, podría perdonarla con soltura
y en cualquier momento borrar estas necedades
que bondadosas permiten no volverme loco, no matar, ni matarme…
pero anoche, mientras el silencio descendía sobre nuestras cabezas
ubicadas nuevamente en mucho tiempo a un trecho humano
de distancia, resulta que leo a Bauman
y, finalmente, caigo en la cuenta, de que soy el derrotado
¡Yo! Que prometí de niño no suicidarme
como ese ególatra de Hemingway
sin conocer Hawai
Y sigo sin conocerlo
Para colmo de males
sobre golpeado, apaleado
cae mi hermano (¿supervisor legal de subsidios
a la opresión, será?)
de una visita producto del ahorro jamás base de la fortuna
por los países centrales
y en pleno abril
(como aquel que resguardo en mi memoria, capital de mi imaginación
sangre de la sangre eterna que será derramada por todos nosotros
—léase sin sino de léxico litúrgico de ninguna clase, por favor, no lo repito—
anoticiándome dos años después de mi primera década nueva
1980, a la que todavía evoco como un cuaderno en blanco listo para mi historia
de los mil soldados que no pudieron echar mano a palanca alguna
para zafar del frío polar que envolvía a los turborreactores ensordecedores
dictaminando: “¡Te vas a morir bajo las órdenes de un playboy berreta pero asesino
o cometerás suicido años más tarde!”, arrasando sus Falklands del Atlántico Sur, previamente arrebatadas al servicio de la industria de la iluminación a vela, en el siglo XIX)
me trae estos souvenires:
llevan impresos a perpetuidad y de manera seriada
a la indignante Union Jack
del mismo país central
de mis penurias locales
Tenía una moneda del Bicentenario inédita para mamá
con que rubricar mi compromiso con la Historia
y un libro de Kapuściński
para volver a narrarte un cuento
pero no voy a poder verlos
El nombre del poeta:
José Ángel Cuevas
y lo parafraseé mal
muy a mi modo
Sábado 9/IV/11
miércoles, 11 de mayo de 2011
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